Peronismo y Fascismo, una Asociacion

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14042014

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Peronismo y Fascismo, una Asociacion




¿PERONISMO Y FASCISMO, UNA ASOCIACION?

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INTRODUCCION:

Desde sus mismos orígenes, el régimen peronista ha dado lugar a un intenso debate tanto a nivel de los estudiosos como del público en general, respecto al carácter que cabría reconocerle en función de sus componentes ideológicos como así también por su estilo político.

Así, por ejemplo, los politólogos no logran ponerse de acuerdo respecto del lugar que correspondería asignarle en la tipología de las formas de poder.
En efecto, de acuerdo a las interpretaciones más antiguas, se habría tratado de una forma especial de fascismo.

Desde el marxismo, se le ha atribuido igualmente ese carácter fascista pero también, basándose en el análisis que hace Marx del gobierno de Napoleón III, se lo ha catalogado como un caso de ejercicio bonapartista del poder.

Otros lo han señalado como un ejemplo de populismo nacional característico de los países en desarrollo, mientras que una cuarta corriente lo asimila al tipo ideal de la dictadura autoritaria de desarrollo, que fuera definido por J. Linz sobre la base de su estudio del régimen español de Franco. (Waldmann, 1985: 12,13).

Sin embargo, la calificación más difundida en los ámbitos académicos y en los ámbitos cotidianos, es aquella que imputa al peronismo del período 1943- 1955 un marcado carácter fascista, que aún en la actualidad goza de cierto grado de aceptación.

Esto obedecería, a nuestro juicio, al hecho de que el concepto de fascismo fue objeto en el transcurso del tiempo de importantes modificaciones en lo que respecta a su contenido y sentido originarios, los que fueron transformándose al calor de la lucha política en un argumento polémico al punto que su valor científico termina siendo problemático. (Saborido, 1994: 159).

Efectivamente, es posible constatar tanto en la esfera de lo científico como en la de lo político, un uso abusivo e impropio del término fascismo.
En el primer plano citado, esto ocurre al aludir con el mismo a cuanto nacionalismo autoritario de derecha se quiera referir, a despecho de las diferencias que éste pudiera haber tenido con el modelo italiano.

En el plano de lo político, observamos ese empleo inflacionario a diestra y siniestra del arco ideológico, donde acaba convirtiéndose en un mote peyorativo o en un encuadre descalificador del ocasional contrincante.
Liberales, conservadores, socialistas y comunistas han incurrido o incurren en este vicio, si bien los últimos han asumido las posturas más radicales al respecto (Saborido, 1994: 159, 160).

Creemos que a menudo la imputación genérica de fascismo que se hace al peronismo del período que nos ocupa ha tenido un carácter interesado, siendo alentada desde adentro y desde afuera del país.
Desde el exterior, por Estados Unidos, para quien Perón era un estorbo en sus planes de hegemonía regional.
Por eso, entre otras diatribas, difundió el mito del “IV Reich” a establecerse en la Argentina, para evitar que técnicos alemanes se radicaran en ésta y potenciaran su desarrollo industrial.
Paralelamente, el Departamento de Estado intentaba reclutar científicos de esa nacionalidad para expandir su programa nuclear y espacial (Page, 1999: 112).
Desde el interior de la Argentina, los opositores políticos de Perón, ostensiblemente apoyados por la embajada norteamericana, procuraron encorsetar la pugna que mantenían con éste dentro de un contexto propuesto por ellos mismos, en el que la democracia aparecía enfrentada con el fascismo en su versión vernácula.
A propósito de ello, resulta curioso que entre los defensores de la democracia argentina se encontraran los comunistas.
Por otra parte, la documentación sobre la cual se basaron las acusaciones formuladas contra Perón en el sentido de que éste actuaba como agente del nazismo, se reveló a posteriori como carente de autenticidad (Page, 1994: 117).

Por tanto, en este trabajo nos proponemos explorar dentro del universo del peronismo y del fascismo a fin de establecer, mediante un enfoque comparativo, similitudes y diferencias en sus discursos ideológicos, condiciones históricas, estilos políticos, bases sociales, perspectivas filosóficas, etc., a partir de las cuales podamos confirmar o disconfirmar la asociación que se atribuye a ambos regímenes.

No obstante, aún siendo conscientes de la dificultad que entraña brindar una definición del concepto, adoptaremos a modo de definición operativa de fascismo la propuesta por Buchrucker -quien a su vez se ha basado sobre el
análisis que formulara Ernest Nolte-, la que a continuación transcribimos:
“La reacción específica sólo podía ser un antimarxismo, que se confrontaba explícitamente con el pensamiento, la voluntad y la perspectiva centrales de un marxismo interpretado según la realidad del bolcheviquismo.
Este anti-marxismo adoptaba la idea bolchevique de la destrucción total del enemigo y la canalizaba contra su propio autor, y contra su causa.
En esta voluntad se sentía identificado con la historia, una historia entendida como regeneración.
A la perspectiva de la sociedad sin clases oponía, con la misma pretensión de verdad absoluta, la imagen de la sociedad natural, basada en la subordinación.
Con todo esto, [el fascismo] se nutría del fundamento histórico-ideológico de la tradición contrarrevolucionaria, logrando arrastrar a esta posición a estratos sociales que pocos decenios antes aún integraban corrientes revolucionarias o sectores apolíticos.
Pero alteraba esencialmente esa tradición al adoptar los métodos más efectivos del adversario, reformándolos a partir de los componentes de la herencia del estado nacional” (Buchrucker, 1987: 18).


DESARROLLO:

Similitudes entre peronismo y fascismo:

Sin perjuicio del carácter interesado que hemos atribuido más arriba a la acusación de fascista recaída sobre el peronismo, es evidente que algunas similitudes o coincidencias existieron entre ellos, de otro modo no se entendería su formulación.
Una de ellas, tal vez la más visible, sería el principio del liderazgo carismático que se da con la figura de Perón en el caso argentino, así como también ocurre con la de Mussolini y Hitler, en los casos italiano y alemán, respectivamente.

Quienes ven en esta circunstancia una prueba de identificación entre peronismo y fascismo, resaltan la gran influencia que habría ejercido Mussolini en las ideas y el estilo de Perón y la gran admiración que éste le profesaba.
Sin embargo, la incidencia de estos factores no debiera sobrestimarse dado que lejos de replicar estos modelos europeos en la realidad local Perón, cuya capacidad de adaptación y pragmatismo fueron bien conocidos, intentó extraer de ellos aquellas experiencias que consideró aplicables a la situación argentina (Waldmann,1985: 52/53).

Otra similitud claramente apreciable fue el amplio aparato propagandístico montado por el peronismo, así como también una cierta pretensión de totalidad, aunque la misma no fue planteada en términos tan estrictos ni llevada a la práctica de un modo tan sistemático como en los casos europeos (Buchrucker, 1987: 393).

No obstante esta necesaria salvedad, es observable en el peronismo una predisposición hacia formas autoritarias de gobierno aunque, a juicio de algunos autores, ello lo pone más cerca de los regímenes ibéricos de Franco y Salazar, a quienes se los suele caracterizar como manifestaciones menos extremas de fascismo (Page, 1999: 115).

Fascismo y Peronismo tendrían en común y desde sus respectivos orígenes el temor a la amenaza comunista, si bien es oportuno aclarar que en la situación argentina ello no constituyó un sentimiento exclusivo del peronismo, toda vez que era expresado con igual intensidad por conservadores, liberales y radicales.

También podríamos computar como factor de afinidad entre ambos regímenes, el contacto con la tradición sindicalista que, a la vista está  en el caso del peronismo mientras que tuvo importancia considerable en los comienzos del fascismo italiano (Buchrucker, 1987: 393).

La doctrina peronista como campo de diferenciación:

Contrariamente a lo que sostienen los críticos del peronismo, en el sentido que su doctrina habría estado impregnada de rasgos fascistas, fue éste el plano en donde su conductor desplegó los mayores esfuerzos tendientes a marcar una clara diferenciación.

Estos propósitos pueden corroborarse en el contexto en el que se produce su surgimiento, dado que por efecto de la presión norteamericana y de la acción de los partidos opositores locales Perón estaba señalado como el dirigente que intentaría plasmar un modelo nazi-fascista en la Argentina.

Esta hipoteca ideológica que pesó sobre su gobierno desde antes de asumirlo, permite comprender el alto grado de prioridad que Perón concedió a la formulación de la doctrina peronista.

Esta surge como resultado del esfuerzo por librarse de una doble carga ideológica
constituida por el fascismo y por el comunismo. Coherente con esa necesidad, creó una doctrina propia para su movimiento, una doctrina social argentina (Waldmann, 1985: 58).

Es innegable el rico aporte que a la conformación de la doctrina peronista hizo el nacionalismo.
De entre las corrientes nacionalistas vinculadas al peronismo, la que más habría contribuido a la conformación del discurso ideológico de éste habría sido la del nacionalismo populista, que si bien tuvo en común con el nacionalismo restaurador algunos tópicos, se diferenció fundamentalmente por su carácter eminentemente inclusivo en lo social, tolerante en lo religioso, opuesto a posiciones racistas, neutral en el sentido estricto del término y pluralista en materia ideológica.

Fue profundamente antiimperialista, sin que ello implicase en modo alguno el alineamiento con la potencias del Eje.
Aceptaba en sus filas a toda persona bien intencionada que creyera en una solución argentina para los problemas de los argentinos.
Abogaba por la conformación de un gran movimiento popular conducido por un líder carismático, sin renegar de la democracia republicana.

La expresión más importante de esta vertiente del nacionalismo populista fue FORJA, mientras que algunas de sus figuras más representativas fueron Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz; a quienes habría que sumar a José María
Rosa y Manuel Gálvez (Buchrucker, 1987: 259-276).

La identificación que existió entre el peronismo y el nacionalismo populista surge de dos hechos fundamentales.
Por un lado, todos los temas básicos del nacionalismo populista fueron adoptados por el peronismo, a saber: el empirismo, la fe en el pueblo, la postura antioligárquica y antiimperialista, y el desinterés por el problema del control institucional del poder político.

Por el otro, el grupo FORJA anuncia oficialmente su disolución en diciembre de 1945 por entender que en el
peronismo se han plasmado los ideales por los cuales venían luchando (Buchrucker, 1987: 308).

Algunas posturas y expresiones filo- fascistas, sin embargo, acompañaron la gestación del movimiento peronista, y habrían provenido mayormente de sectores del nacionalismo restaurador que, si bien se acercaron al peronismo, el lugar que se les dio dentro de la estructura de poder conformada a partir de 1946 fue bastante aleatorio y marginal, por lo que su influencia efectiva fue mínima (Buchrucker, 1987: 340).

Por otra parte, la doctrina peronista en tanto elemento diferenciador respecto de otras ideologías imperantes en el momento de su elaboración y de la fascista en particular, adolece de toda referencia a la vieja tradición contrarrevolucionaria por lo que, conceptos tales como el vitalismo irracionalista y el darwinismo social, que ocuparon un lugar relevante en el discurso ideológico del fascismo, estuvieron ausentes en el peronista (Buchrucker, 1987: 393).

A este factor –muy importante, a nuestro juicio, pero frecuentemente pasado por alto por quienes sostienen la filiación fascista del peronismo- habría que sumar el hecho de que la doctrina peronista contiene escasas referencias al fascismo y al nacionalsocialismo, la totalidad de las cuales revisten carácter crítico.

Así, por ejemplo, en sus clases de la Escuela Superior Peronista, Perón ponía a ambos sistemas a la par del comunismo, en tanto expresiones del Estado totalitario, caracterizado por su extrema centralización, un militarismo absoluto y el avasallamiento del hombre por parte del Estado (Buchrucker 1987: 316).

Influencias europeas, mito y realidad:

Un tópico insoslayable al hablar de la presunta filiación nazi-fascista del peronismo es el impacto y subsiguiente influencia que ambos regímenes habrían ejercido sobre Perón en ocasión de su estancia europea, entre 1939 y
1941.
Más aún, para alguna tendencia historiográfica y para no pocos publicistas esta permanencia en Europa habría actuado como detonante de la conversión de Perón al totalitarismo, sin faltar quienes sostienen que esta adhesión habría llegado al extremo de transformarlo en un agente del III Reich.

Esta versión estuvo muy difundida durante las décadas del cuarenta y cincuenta del siglo pasado y, si bien fueron debidamente contrarrestadas sobre la base del cotejo y del examen de la evidencia rigurosa, no puede decirse que se haya extinguido del todo (Buchrucker, 1987: 312, 313).

En efecto, los autores que conforman nuestra bibliografía de consulta coinciden en que estas imputaciones carecen de fundamentos objetivos y que, pruebas al estilo de las presentadas por el publicista anti-peronista
Silvano Santander, no resisten el menor análisis.

Por otra parte, la evidencia recogida a partir del examen de las comunicaciones de la embajada alemana durante la Guerra no revelan ningún elemento que pudiera utilizarse para vincular a Perón con el nazismo.

Ahora bien, una cosa es decir que Perón admiraba al fascismo mussoliniano como un experimento político-social, pero otra muy diferente es atribuirle una profesión de fe fascista que la evidencia empírica no corrobora.

En alguna medida, Perón situaba a la experiencia de Italia y de Alemania, junto con el “New Deal” de Roosvelt, en la categoría de socialismos nacionales, interpretación bastante en boga por aquella época.
Su supuesta simpatía por las potencias del Eje no habría pasado, en realidad, de una mera cuestión oportunista dado que las complicaciones por las que atravesaba Inglaterra en esos momentos permitían a los países a quienes ella venía tutelando -entre ellos la Argentina-, a desarrollar una política más autónoma.

Es importante traer a colación de ello que este punto de vista también era compartido por sectores no peronistas (Buchrucker, 1987: 311-316).

Otra cuestión igualmente ineludible al hablar de la influencia europea en la ideología peronista lo constituye el considerable aflujo de inmigrantes alemanes apenas concluida la Segunda Guerra Mundial.

Empero, tal como lo señala una investigación reciente, este dato no debería llamar tanto la atención desde el momento en que un conjunto de factores determinaba que la Argentina fuese un destino casi obligado para dicho colectivo migratorio:
la posición neutral del país durante la guerra, la actitud caballeresca con los internados alemanes, la fuerte comunidad alemana y la conducción autoritaria del gobierno peronista, con su frente ideológico tanto contra el comunismo como contra el capitalismo (Meding, 1999: 387).

Paralelamente a la existencia de estos atractivos para el inmigrante, la Argentina de Perón había implementado una enérgica política de inmigración que revestía carácter funcional a su esfuerzo por consolidar la posición de liderazgo del país en América del Sur.
Tanto para inmigrantes en masa como para lo que podría considerarse como inmigración calificada, el gobierno argentino había creado un circuito a través del cual ésta fuera debidamente canalizada.

Por supuesto, los científicos, técnicos e ingenieros conformaban un colectivo migratorio en el que el Estado argentino tenía preferente interés y por ello, a menudo se los reclutaba directamente y se financiaban sus gastos de traslado (Meding, 1999: 388, 389).


Sin perjuicio de las suspicacias y de no pocos fiascos que derivaron de este aporte migratorio, en líneas generales puede aceptarse que éste concretó un aporte interesante al desarrollo científico y tecnológico del país lanzado a la
industrialización:
“Los científicos alemanes ampliaron la oferta académica de las universidades argentinas y a través de esa influencia desde Europa, el país del Plata logró conectarse en muchas disciplinas standard del mundo moderno en las ciencias.

En el término de tres años, el equipo de técnicos del profesor Tank construyó el primer avión de caza a reacción apto para el combate de un país sudamericano. Desde el punto de vista tecnológico, la Argentina se presentaba como una nación con futuro, y la política de transformación de Perón podía exhibir éxitos impresionantes ante el mundo industrializado” (Meding, 1999: 389, 390).

Diferencias entre peronismo y fascismo:

Así como hemos podido establecer similitudes o puntos de coincidencia entre el peronismo y el fascismo, también podemos hacer lo propio con las diferencias o contrastes, que existieron en importante grado y en número
superior al de las presuntas afinidades.
Por lo pronto, ambos regímenes surgen en contextos históricos diferentes.
No hubo en el caso del peronismo ni una victoria mutilada tras una guerra mundial, ni una singular crisis económica ni mucho menos la caída de un régimen democrático, toda vez que mal podríamos atribuirle tal carácter al
gobierno de Castillo.
También en los aspectos psicológico y social es posible constatar importantes diferencias.
Mientras que el peronismo fue un movimiento eminentemente policlasista, con especial énfasis en el sector obrero, en Italia este sector fue atraído mayormente por la oposición al fascismo.
Tampoco existieron en las filas peronistas, por razones obvias, veteranos de guerra resentidos por una victoria mutilada.
No fue el peronismo un movimiento antisemita -como a veces sostienen sus detractores-, pues Perón no sólo criticó esta postura sino que también adoptó
medidas concretas para desalentar a sus seguidores ultranacionalistas con propósitos persecutorios hacia la comunidad judía (Page, 1999: 115).

Más aún, no sólo que no adoptó dicha posición racista sino que durante el régimen de facto fue el propio coronel Perón el principal interlocutor al cual recurrió la DAIA en busca de apoyo ante acciones de carácter antisemita; rótulo que junto al de nazi-fascista le fue endilgado por la diplomacia norteamericana, quien no consiguió el apoyo de sus colegas británicos en tales propósitos.
Sin embargo, los partidos opositores agrupados en la Unión Democrática –entre ellos el Partido Comunista-, repitieron incansablemente ambas acusaciones. (García Sebastiani, 2006: 126, 127).

No obstante los rasgos autoritarios que caracterizaban a su gobierno, la retórica inflamatoria a la que ocasionalmente apelaba en sus discursos y las diversas acciones represivas adoptadas en relación a sus opositores, es necesario diferenciar la postura básica de Perón frente al uso de la violencia de la que tuvieron el fascismo y el nazismo.

En comparación con éstos, Perón hizo un uso muy limitado de los medios represivos de control y la coerción tuvo mucho menos importancia como medio de disciplina política que en los sistemas totalitarios europeos.

No cabe comparar –como pretenden algunos críticos- el accionar terrorista de los “squadristi” y de los “camisas pardas” con el de la Alianza Libertadora Nacionalista, que no pasó de ser un grupo minúsculo que sólo reveló alguna actividad importante durante los sucesos de 1955 que culminaron con el derrocamiento de Perón (Waldmann, 1985: 59; Page, 1999: 116; Buchrucker, 1987: 394).

Vale la pena tener en cuenta además el hecho de que Perón era militar de carrera -a diferencia de Mussolini y de Hitler-, y que tenía una gran estima por el Ejército como institución.
Nunca pasó por su mente crear paralelamente al ejército del Estado un “ejército del partido”, como indudablemente lo fueron la milicia fascista y las SS alemanas.
Concurre en abono de esta afirmación la negativa por parte de Perón a formar milicias obreras en vísperas de su caída, pues ello era incompatible con su imagen del Ejército regular tanto como con su ideal de la “comunidad organizada” (Page, 1999: 116).

Para finalizar este cotejo –que en modo alguno pretende ser exhaustivo-, pasaremos revista a otros aspectos a partir de cuyo análisis se podría desestimar o cuando menos relativizar el carácter fascista atribuido al peronismo.
Mencionaremos en primer lugar la cuestión del partido único, condición taxativa del nazismo y el fascismo pero que no se produjo en la Argentina gobernada por el peronismo, donde si bien la actividad de los opositores fue
gravemente coartada en ningún momento dichos partidos fueron declarados ilegales (Buchrucker, 1987: 394).

Tampoco fueron prohibidos los movimientos huelguísticos, como ocurrió en Italia y Alemania.
Si bien es cierto que algunos fueron declarados ilegales y reprimidos, no es menos cierto que muchos otros se llevaron a término obteniendo mejoras para los sectores involucrados.
El peronismo no impuso la militarización integral de la sociedad, rasgo característico del fascismo (Buchrucker, 1987: 394).

No faltan quienes le imputan al peronismo el haber impuesto una política económica dirigista, lo cual constituiría a su juicio un claro reflejo fascista.
Apropósito de ello, está muy claro que la política económica del peronismo fue efectivamente dirigista. Empero, lo que es harto discutible es que ello constituya un argumento válido para calificarlo de fascista, ya que si así fuera habría que adjudicar esta denominación a otros ensayos cuyos basamentos ideológicos se situaron en las antípodas del fascismo.
En todo caso, resulta mucho más esclarecedor que el detenerse en esta aparente coincidencia, reparar en que la economía política peronista no tuvo el perfil armamentista que tuvieron la alemana y la italiana y que, a diferencia de
éstas, donde las élites dirigentes fueron en gran medida coptadas por el poder, el peronismo no logró sumar a su causa a los elementos representativos del sector empresario y agropecuario (Buchrucker, 1987: 395).

Tal como puntualizáramos más arriba, en ningún momento pretendimos agotar la comparación, si bien creemos haber extractado de la bibliografía consultada algunos elementos que sugieren la necesidad de ser prudentes
ante la propuesta de asociar al peronismo con el fascismo, dada la existencia de diferencias fundamentales que separaron a ambos modelos.

CONCLUSION:

Peronismo y fascismo se originan en circunstancias históricas distintas.  
Sus similitudes y coincidencias rara vez superaron el nivel de lo circunstancial, mientras que sus diferencias efectivamente existieron y, en algunos casos, fueron de primer grado.
Quienes han insistido en asociar a los dos modelos lo han hecho o bien por un interés político o, en su defecto, por la ausencia de una indagación más detenida de la evidencia empírica disponible.
Habiendo pasado revista a los elementos diferenciadores, nosotros coincidimos con el autor citado infra en “absolver” al peronismo de la acusación de fascista que ha recaído y ocasionalmente recae sobre él, por “falta de mérito”:
“Sobre la base de los resultados resumidos precedentemente, considero que es incorrecto interpretar al peronismo como ‘una forma de fascismo’.
Las divergencias en las diversas dimensiones del fenómeno –los orígenes, los rasgos del movimiento, la toma del poder, la estructura del régimen- son más numerosas y decisivas que las coincidencias con el modelo fascista”
(Buchrucker, 1987: 395).

Queda pendiente, sin embargo, responder al interrogante de qué lugar correspondería conceder al peronismo del período 1943-1955 dentro de una tipología de las formas de poder y en este punto también compartimos el juicio del autor precitado en el sentido que, sin perjuicio de sus limitaciones teóricas, la categoría más apropiada para adjudicarle sería la de “populismo autoritario”.

Esta característica de la práctica gubernativa fue también motivo de la tensión interna del régimen, pues mientras más se acentuó el carácter autoritario menos convincente resultó su pretensión de representar la plena autorrealización de un pueblo.
No por ello desparece la esencia democrática que subyacía en este populismo, esencia que quedaría plenamente confirmada con la evolución posterior a la caída del régimen (Buchrucker, 1987: 397, 398).

Por último, como remata este mismo autor, populismo y democracia no son necesariamente categorías incompatibles o autoexcluyentes pues:
“La exigencia populista de mayores oportunidades de participación en los
frutos y responsabilidades de la civilización contemporánea para la mayoría
de la población no está, en definitiva, alejada de los objetivos básicos de la
democracia” (Buchrucker, 1987: 398).


BIBLIOGRAFIA CONSULTADA:
BOBBIO, Norberto. (2008). Ensayos sobre el Fascismo. Prometeo Libros, Buenos Aires.
BUCHRUCKER, Cristian (1987). Nacionalismo y Peronismo –la Argentina en la crisis ideológica mundial (1927-1955). Sudamericana, Buenos Aires.
DEVOTO, Fernando J. (2002). Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la argentina moderna –una historia-. Siglo Veintiuno de Argentina, Buenos Aires.
FAYT, Carlos S. (1967). La naturaleza del peronismo. Viracocha, Buenos Aires.
GARCIA SEBASTIANI, Marcela –editora-. (2006). Fascismo y antifascismo. Peronismo y antiperonismo –conflictos políticos e ideológicos en la Argentina (1930-1955). Iberoamericana, Madrid.
LACLAU, Ernesto. (2005). La razón populista. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.
MEDING, Holger M. (1999). La ruta de los nazis en tiempos de Perón. Emecé, Buenos Aires. [Tesis Doctoral].
PAGE, Joseph A. (1999). Perón, una biografía. Grijalbo, Buenos Aires. 2a edición.
PAYNE, Stanley G. (1995). Historia del Fascismo. Planeta, Barcelona.
SABORIDO, Jorge (1994). Interpretaciones del fascismo. Biblos, Buenos Aires.
WALDMANN, Peter (2009). El peronismo -1943-1955-. EDUNTREF, Buenos Aires.


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